martes, 28 de agosto de 2018

SHABAT, una experiencia viable

Hemos aprendido a vivir y sentir el shabat como una isla en el tiempo, un palacio al final de la semana. El día de “no hacer”; el día del descanso. El tiempo sagrado en que nos conectamos con la divinidad, algo así como si Dios estuviera en el salón de fiestas de un gran hotel y nosotros en el adyacente cerrado por una puerta corrediza que en shabat abrimos para contar con un solo espacio compartido.

Hay muchas y muy bellas referencias al Shabat así como 39 obligaciones de no hacer, cientos de páginas de teorías teológicas y pensamientos filosóficos. Cada autor judío dedica en algún momento de su vida a la redacción de unas cuántas páginas al tema de Shabat

Pero ¿Cómo vivo mi shabat en la vida real?, ¿Resulta viable en el mundo de hoy, al menos para mi, vivir el shabat cumpliendo las 39 melajot?

Para mi, como judío progresista y humanista que ve los postulados de la Reforma Judía  y el pensamiento moderno como mas atractivos que la ortodoxia y el conservadurismo el shabat tiene una dimensión mixta de “síes” y de “noes”

Veamos, yo vivo un Judaísmo que le dice sí a vivir la vida intensamente, sí a la búsqueda de la felicidad y, sobre todo, sí a la voz interna que informa y define mis acciones cotidianas. Cuando debo escoger entre la Halajá y mis propias decisiones escojo lo que deseo hacer según mi leal saber y entender de las cosas. Así, la libertad de escoger aquello que deseo para mi vida se convierte en el principal ingrediente en la receta de este día.

A lo dicho, le agrego el hecho de que la Halaha se escribió cuando el concepto de trabajo y la tecnología eran tan diferentes que si transportáramos a una persona del Siglo XVI y la colocáramos durante sólo 12 horas en la jornada diaria de un profesional común de hoy en día nuestro viajero del tiempo simplemente no comprendería el 99 % de lo que sucede en su entorno. Cambiamos desde el concepto de riqueza material antes basada en oro y monedas por números en informes electrónicos bancarios y vivimos en un tiempo en donde ha desaparecido el 80 % del trabajo manual y acuñamos una palabra nueva que acompaña a las nuevas formas en que cansamos nuestro cuerpo y espíritu; el “Stress”.

Adicionalmente, en esta receta decisoria le sumo mi pasión por los elementos externos judíos y que me “ayudan” a vivir mi judeidad con una mayor entrega (entiéndase bien, dije “ayudan” y no usé la palabra “definen” ya que mi judaísmo no está definido por elementos físicos externos, en otras palabras, las mezuzot de mi casa podrían desaparecer y aun seguiría siendo un judío comprometido con mi judaísmo)

Así, tomando conceptos de la Torá, de las enseñanzas de los Jajaim, de mi Rabino, de mis estudios y sobre todo, de mi conciencia, estas son las cosas que hago y no hago en Shabat partiendo de la base de que, antes de concentrarme en los “no” prefiero empezar mi sábado con los “si” porque shabat es un día para disfrutar el regalo de la vida comiendo, tomando buen vino, haciendo el amor, leyendo un buen libro.

Pues bien, el viernes en la noche, justo cuando el programa de geolocalización de mi teléfono lo indica, cantó el Shma y acto seguido enciendo las velas de shabat. Recito tanto la brajá de encendido de las velas tapándome los ojos a la vieja usanza como el kidush. Nunca enciendo menos de dos velas y, generalmente, enciendo varias, al menos cinco y lo hago invariablemente en cualquier lugar del mundo en que esté en ese momento; mi casa, el hotel, el aeropuerto. No importa a donde esté, siempre enciendo mis velas a la hora que me indique mi teléfono. 

Si traigo conmigo algún vino, me sirvo media copa y de inmediato hago mi brajá sobre el vino. 

La oración del pan y la purificación de las manos la llevo a cabo justo antes de comer purificando mis manos, en silencio, en el lavatorio mas cercano – salvo en mi casa en donde uso el tarrito de dos orejas -

Y con ello, doy inicio a mi shabat en donde en mi se lleva a cabo una transformación casi milagrosa. Al separar la manos de mi cara y observar las velas  encendidas me invade una paz que no he podido aprender a describir y en ese momento, me “separo” de la jornada de mis días. En ese momento dejo de trabajar en cualquier actividad ordinaria y que me produzca dinero o que me genere alguna forma de stress o preocupación profesional o comercial. Se produce un bloqueo interesantísimo porque he desarrollado la habilidad de “dejar de pensar” en el trabajo. 

Es que, simplemente, “algo” se “apaga” dentro de mi… ¡es maravilloso!. 

Bien, por lo demás, mi vida sigue mas o menos igual con todo aquello que no sea trabajo productor de riqueza o generación excesiva de energía y, desde luego, nada que produzca stress (laboral). No apago la computadora, pero eso si, la utilizo lo menos posible y sólo para navegar en temas de trenes, viajes, estudio o lecturas agradables. No reviso el correo electrónico, ni escribo correos, sin embargo, si uso los mensajes de texto y audio así como aplicaciones como Facebook y WhatsApp. No escribo sobre papel ni sobre ninguna superficie en donde mi escritura pueda ser permanente y procuro, en la medida de lo posible, no usar mis tarjetas de crédito salvo casos excepcionales. Definitivamente no uso dinero común. Las entradas al cine (porque sí voy al cine porque el cine y las películas me encantan y me distraen sobremanera) las compro por internet días antes de shabat lo mismo que el alquiler de alguna película que quiera ver el fin de semana porque sí uso mi televisor y mi proyector. 

Bien, estas ideas fueron algo generales; si vemos mi cotidianeidad, los viernes en la noche ceno y entonces hago las brajot de las manos y la del pan que generalmente sobre un bollito porque en mi lucha contra el peso he decidido no hacer jalot que como sólo en la sinagoga.

Como los viernes procuro trabajar desde la casa esto provoca que generalmente no vaya a la Sinagoga en la noche. En general, el servicio  de Kabalat  Shabat es muy agradable y mi rabino lo dirige espectacularmente bien,  pero la sinagoga me queda a 17 km y tengo que manejar en medio de un tránsito horrendo a la hora pico el día en que mas cansado estoy. Por otro lado, no siempre estoy de acuerdo con la posición conservadora del rabino en su drashá y lo cierto es que no soy muy fan de escuchar temas que no puedo discutir; digamos que por mi convicción como judío progresista y de corte reformista no siempre estoy de acuerdo con las posiciones mas conservadoras del Rav. y encontrarme en situaciones en donde no puedo expresar mis ideas contrarias me resulta particularmente incómodo.

Siguiendo con mi viernes en la noche, invariablemente, me tomo uno o dos wiskis y generalmente me acuesto al filo de las 11 pm viendo una película o leyendo la parashá del día siguiente y estudiando algunos comentarios, en especial, los de Nejama Leiwovitch que es una de mis autoras preferidas. Debo indicar que sí utilizo el televisor y generalmente leo en mi ipad; debemos reconocer que pasamos a ser del “pueblo del libro” al “pueblo de la tablet”.

Algunos viernes la paso en mi maqueta de trenes o hablando con mi familia y es muy raro – casi imposible – que salga de la casa y por lo general  - al menos por lo que resta del viernes - apago mi teléfono celular casi inmediatamente después del encendido de las velas pero no porque huya de la tecnología – todo lo contrario, en shabat es cuando mas “disfruto” de la tecnología actual – sino porque me escondo de las llamadas telefónicas; por alguna razón que no comprendo, me resulta particularmente molesto recibir llamadas telefónicas el viernes en la noche y vuelvo a encender mi teléfono el sábado en la mañana antes de salir a la Sinagoga procurando usarlo lo mínimo posible.

La entrada del shabat es un acto tan sublime para mi que sólo me invita a descansar, leer, comer y desconectarme profundamente del trabajo profesional y comercial el cual reemplazo por otro tipo de labores que, para algunos podrían estar prohibidas pero que hoy en día me ayudan a descansar mi cerebro y espíritu y combatir el stress como lo es – tal y como recién comenté – arreglar mi maqueta de trenes lo que implica cortar, pegar, construir, conectar cables, usar electricidad, bombillas, arreglar locomotoras y carros,  pintar y armar estructuras limitándome sólo con el uso del fuego; pase lo que pase una vez que inicia shabat no enciendo velas ni soldadores. Igual, no utilizo lapiceros o marcadores de tinta para escribir, ni siquiera, sobre las mesas de los trenes en las áreas en donde estoy trabajando.

Siendo necesario el descanso mental y luchar contra el stress, mi hobby pasional es una de las formas mas eficaces de descansar mi mente y créanme, hoy en día mi cerebro se cansa mas que mi cuerpo y las labores que no hago las evito por dos razones; para obligarme de verdad a descansar y porque corresponden con elementos propios de mi ser judío. Si bien en cierto -para mi-  lo que hago o no hago no me define como judío es igualmente cierto que respetar tanto como puedo las limitaciones de shabat son una forma de identificación con el pueblo que escogí. 

El sábado me levanto temprano, me baño pero no me rasuro – me rasuro los viernes en la mañana o bien, en la tarde, antes de encender las velas -. Uso jabón, cepillo de dientes, me amarro zapatos y escojo mi ropa. Luego manejo mi auto – a regañadientes -  hasta la Sinagoga y disfruto plenamente el servicio de Shaharit. Luego del oneg de la Sina – generalmente delicioso y abundante – regreso a mi casa, y al filo de las dos de la tarde me pongo una camiseta y un bóxer, cierro las cortinas de mi cuarto, apago la luz, enciendo el aire acondicionado, saco las sábanas de la cama, coloco cuatro almohadas, descuelgo el teléfono de al lado de mi cama y hago mi famosa “siesta de shabat”; esta es mi versión HD de mi siesta. Existe la versión SD en la que no me pongo pijama. Todos en mi casa saben que se castiga con 20 años en las galeras a quien se atreva a despertarme y todas mis hijas y mi esposa están invitadas a participar de la siesta conmigo pero generalmente sólo María Paula ( Rahel ) me acompaña en la jornada. Siempre se queja diciendo: “.. papi, que aburrido, ya vas a dormirte la tarde … “ pero se recuesta a mi lado, le paso la pierna por encima y creo que se duerme antes que su cabeza llegue a la almohada de hecho, me resulta interesante que se queje tanto y se duerma tan rápido y tan profundamente. Claro, María Paula es judía hasta los huesos y su naturaleza la vence. 

La siesta de shabat es para mi tan importante que si  viviera en una isla solitaria y perdiera la noción de los días, yo sabría qué día es shabat porque inevitablemente mi cuerpo cedería ante la tentación de dormir el sábado en la tarde, exactamente a las 2 pm. Es inevitable.

Al despertar – o si por alguna extraña razón no he podido dormir – me quedo en la casa y procuro no manejar mi auto. Y bueno, cuando no estoy metido con mis trenes o hablando con mis hijas y esposa camino por el barrio, tomo el sol, estudio, leo, y sobre todo medito Hago de meditar uno de los propósitos de mi shabat y casi invariablemente medito acerca de mi ser judío que es el tema principal de mi amidá, pero ese será otro tema.

Al final del día fallo con el rezo de Havdalá. Hubo un tiempo en que si lo hacía y creo que lo debo hacer nuevamente. La ceremonia de separación es importante, el es “hasta la próxima” que contiene mi ilusión de volver a vivir un shabat aunque tenga frente a mi una semana que siempre es dura de trabajo, tensión y responsabilidades.

De momento simplemente dejo pasar el tiempo y cuando anochece beso a mis hijas y el shavua tov es inevitable. El shabat termina para mi y empieza mi semana nuevamente y poco a poco regresan mis pensamientos laborales, el stress, las llamadas, la planificación ..  hasta el viernes entrante en que con algunas variantes mi espíritu ( otro tema para el foro … ) regresa a vivir intensamente el shabat siguiente. 

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